El escritor Xosé Carlos Caneiro relata el caos en el que se vio envuelto en los últimos días, tras sospechar que podría padecer la gripe A.
Antes de iniciar este relato permita el lector que matice, en mi opinión, la definición del adjetivo kafkiano. Suele el hablante utilizarlo como sinónimo de absurdo y creo que comete un error. Lo kafkiano va más allá de lo absurdo. El maestro escribía sobre la angustia, fundamentalmente. Y no solo eso. La literatura de Franz Kafka representa la pequeñez del ser humano cuando se enfrenta al sistema de lo establecido e inmutable. El 30 de octubre de 1921 anota en su diario: «Sentimiento total de desamparo». Así se sentía, desamparado. Y de ello trata su obra. Nada puede hacer el hombre frente al devastador imperio de lo ajeno: los móviles exteriores son tan aplastantes que lo interno ha dejado de prevalecer. De nada vale lo que pienses y de nada el sentido común, las superestructuras del poder laminan a la razón.
Sirva la introducción para contar que todo empezó el miércoles, 19 de agosto. Me levanté renqueante, con malestar general y náuseas. Por la tarde tenía fiebre y decidí acudir al médico. Visité el centro de salud, pero en sus urgencias me señalaron que mi médico estaba en la consulta y me atendería. En la consulta susodicha una nota me trasladaba a otra consulta. Acudí. Una cola interminable de gente. Regresé a casa. La fiebre seguía subiendo a las dos horas de ingerir un antitérmico. Decido ir al hospital.
Con fiebre y tiritando
Me recibe una muchacha vestida de verde que se empeña en hacer alguna gracia en mi presencia mientras me bajo los pantalones. Yo, con fiebre y tiritando, no estaba para bromas. Pero a veces te encuentras en los hospitales con gente que vive ajena a la realidad: la mayoría de los que van a urgencias van porque se encuentran muy mal. Un electrocardiograma. Insisten en que no me mueva para que la prueba no se obstaculice, pero no dejo de temblar. Otro electro. Este puede valer, comentan. En la mano izquierda me pinchan para abrir eso que denominan en el argot sanitario vía. La mujer de camisa y pantalón blanco es juvenil e inexperta, pero se nota apasionada con su labor hospitalaria. Amable, competente, cercana. Finalmente, con singular pericia, logra colocar la aguja y una venda que envuelve la aguja. Odio las agujas. Vía abierta. El médico llega. También muy joven, muy tranquilo, muy profesional. Fiebre, dolores musculares. Me quedo solo.
Aparece de nuevo la muchacha de blanco, ahora con máscara. Y otra máscara para mí. Es el protocolo, dicen. Creo que fue la primera vez que escuché la tetrasilábica palabra. Me quedo solo en el box con la cortina cerrada y un breve ventanuco transparente por el que observo los cogotes más altos, como periscopios. Alguno se vuelve hacia mí. Me contempla. Me siento el molino que miraba Quijano en su locura. Vuelve la enfermera de blanco acompañada por otra, más veterana. Extracción de sangre para pruebas. Mano derecha, extrae la veterana. Nunca me dolió tanto ninguna aguja, lo juro. Creo que grito y me muevo agitado (no soporté el dolor y durante un tiempo quedó el dedo pulgar paralizado). La enfermera protesta muy enfadada: «¡No ve usted que puedo clavarme la aguja!». Yo, con mi fiebre y mi temblor, opto por el silencio. No hay sonrisas, no mira a los ojos, se va. Es la primera vez que me pasa en el hospital de Verín, donde la cordialidad es una bandera. Me alivia pensar que solo ella tiene ese carácter ríspido y desabrido. Los demás, cálidos, como en otras ocasiones.
El médico me explica que me harán las pruebas de la gripe A. Vale, pero que me quite la fiebre y el dolor. La enfermera del principio me inyecta suero y antitérmicos, todo en la vía. Me quedo solo. Mi mujer quiere entrar, pero alguien le dice que tengo que estar aislado. Ella lucha contra la adversidad y se despide de mí a través del ventanuco, después de discutir con el protocolo. El protocolo también debe señalar que me quiten más sangre. Otro pinchazo. Ahora en mitad del brazo derecho. Dos nuevos tubos con mi linfa virulenta. Introducen un palillo algodonado en mi nariz, otro en la boca. Lo dice el protocolo, imagino. Depositan los restos nasobucales en una bolsa. También los recipientes con la sangre. Me traen un tubo para orinar y yo me pregunto cómo lo haré. El tubo es diminuto. ¿Orino un poco nada más y aguanto el resto? Opto por pedir unas zapatillas y acudir al baño. ¿Puedo?, pregunto. Sí, pero con la máscara, me dicen. Allá vamos, mi máscara y yo. Y las zapatillas de plástico verde.
Me duele hasta el alma
La fiebre mejora, pero me sigue doliendo hasta el alma. Y en soledad. Creo que no he hablado de la casaca verde, a juego con las zapatillas, que me coloqué al llegar. Ahora que ya no tengo frío intento retirarla. Me ahogo. La máscara no ayuda a respirar. Para consolarme pienso en un precioso relato de Borges: El espejo y la máscara. Intento recordar en cuál de sus libros aparece. Falla otra vez mi mala memoria. En El libro de arena, probablemente. Pero no estoy para pensar en mis hábitos letraheridos: la literatura y la enfermedad se alimentan, pero no en las urgencias de un hospital. Reparo entonces en dos moscas que revolotean en el box. Ellas, como yo, están solas. Pienso en Kafka, que siempre ayuda en las situaciones pesarosas: lo pasó tan mal toda su vida que el castigo de cualquier otro escritor, a su lado, es pura fruslería. Se murió de tuberculosis. Proust, que sufrió asma, quizá se murió de lo mismo. Sentimiento total de desamparo: el viejo amado Franz Kafka. Cada vez que alguien entra en el box acude más cubierto. Definitivamente, soy un tipo contagioso. Me llevan a realizar unas pruebas radiológicas y la celadora va enfundadísima. La radióloga, también. Todo amabilidad. Busco con los ojos a la enfermera ríspida, pero debió cambiar de turno (ahora entiendo sus malos modos: estaba cansada, pobre. Reclamo, en nombre de todos los sanitarios de urgencias, que no los aprieten tanto). Ya no recuerdo su rostro, pero sí sus ojos que no me miraban. Regreso a mi box y allí siguen mis moscas. Pasan las horas. Más soledad. Más horas.
Finalmente un nuevo médico viene y me explica todo. Parece que tengo gripe. Yo siempre la traté en casa. Y cada vez que iba al médico no se montaba un entramado tan hilarante como el vivido en este agosto del 2009. Es el protocolo, vuelvo a escuchar. En nombre del protocolo, que el médico tampoco parece compartir pero que asume, me dice que me vaya para casa con mi gripe y con mi Tamiflú (que en la caja no lleva acento en la u, pero yo se lo pongo). Dos al día, mañana y noche. Paracetamol y Nolotil por si el paracetamol no llega.
Se pondrán en contacto con usted, me dice con la misma amabilidad con la que me ha tratado desde el principio. No salga de casa en siete días, no toque a nadie y que nadie lo toque. Lo dice el protocolo. Y mascarilla siempre. El protocolo también lo debe afirmar. ¿Tengo la gripe A?, pregunto. Eso no lo sabemos, contesta. ¿Cómo?, insisto. Las pruebas llegarán dentro de unos días, pero por si acaso tómese el Tamiflú, responde el médico.
Yo no entiendo nada. ¿Quién puede entenderlo? Se trata la gripe A sin saber si es gripe A (lo dice el protocolo). Y lo que es peor: las pruebas tardan días en llegar. Me pregunto: ¿No se puede invertir tiempo y dinero en la consecución de un test rápido y fiable? Sería más útil que otros dispendios públicos. Me viene al pulmón la imagen de Trinidad Jiménez, ministra de Sanidad. Pienso que es una venganza por haber escrito que ella no debía ocupar tal cargo. Me ratifico. Es un desvarío tener al frente de la sanidad a alguien que nada tiene que ver con la Sanidad. Sus ruedas de prensa parecen comunicados del gabinete de crisis de una tragedia submarina, por náufragas. A veces, cuando pienso en determinadas actitudes políticas, me siento Antoine Roquentin, el protagonista de La náusea, de Sartre. Pensaba que el sentido común había desaparecido y que todo lo dominaba la contingencia. Con la náusea, que no me ha pasado, me voy para mi casa. Mi mujer me recuerda que debo estar aislado. Sin tocar a nadie. Con máscara. Que no falte la máscara. Sin abrazar a mis hijas, sin acercarme a ellas.
Me enclaustro en mi estudio, mi hábitat natural de música y libros. Con máscara me suben la comida. Con máscara me hablan. No salgas, no salgo. A mi prima embarazada le ruego que no se le ocurra visitarme. Y pasan los días. El jueves casi sigo igual. Mis amigos me echan en falta. Alguien comenta la situación. Uno me envía un mensaje: «Mira el lado bueno. Si las cosas van mal, serás el primer escritor víctima de la gripe A. Es la única manera de que entres rápidamente en la historia». Simpático.
El viernes mejoro. La fiebre remite. Tamiflú mañana y noche, paracetamol cada seis horas. El sábado casi parezco Hemingway, energético y barbado. Pero siempre he preferido a Joyce, no precisaba correr los Sanfermines. El domingo dejo el paracetamol. El lunes tomo la última dosis de Tamiflú, pero no tiro la caja. Me carcome mirar a mis hijas y no poder tocarlas. Somos lo que sentimos. Si no tocamos, besamos a los que más queremos... ¿si no nos tocan, ni nos besan, tendrá algún sentido la vida? ¿Sabrán los autores del protocolo lo que cuesta no acariñar a la gente que amas, y con la que vives, durante siete días?
Un otoño caliente
Llamo a una médica amiga para que ausculte mi pecho, lo único que todavía falla. Me receta un inhalador y un expectorante. Por lo demás, bien. Ha pasado siete horas en su consulta antes de venir. Teme un otoño caliente porque la gente está empezando a sentir pánico. Y el pánico es el peor enemigo de la sanidad. Pasa el tiempo. Me broncodilato y todo vuelve a su curso. Todo excepto las pruebas de la gripe A. Corren los días y me muero de ganas de abrazarme a mis tres chicas, pero soy un tipo prudente. Si las pruebas hubiesen llegado uno sabría a qué atenerse: si tengo la gripe A, no las abrazo, y si no la tengo, devoro beso por beso al trío de criaturas que me soportan año tras año, enfermedad tras enfermedad. Qué dura es la vida de un escritor aislado. Las pruebas se demoran. Ya han pasado cinco días.
Martes, sexto día en odisea. Llaman del hospital. Pruebas gripe A negativas. No he abrigado la tan temida enfermedad. La que tiene menos muertos que la gripe normal y, sin embargo, ha generado pánico entre la población. Me han aislado, dice el protocolo. Me he tragado diez pastillas de Tamiflú, dice el protocolo. Durante siete días me he sentido un resto, habitando el desamparo de Kafka, eso no lo señala el protocolo. Danzando entre las líneas de una novela, Perorata del apestado, del eximio Gesualdo Bufalino. Ha sido una experiencia para hacer literatura, pero no para hacerme hombre (para hacer humanidad). El protocolo de la gripe A es kafkiano, y ya he explicado el sentido cierto del adjetivo. La gripe, cuando llegue de verdad, no la va a detener ni el protocolo ni las intervenciones de la ministra de la Sanidad que nada tiene que ver con la sanidad. Me quedo mirando el horizonte con el diario del maestro de Praga en mis manos. Me entran ganas de llorar después de haber reído tanto mientras redactaba estas líneas. Sentimiento total de desamparo, dijo Kafka. Pero no quiero rematar así mi relato. Cuando los míos saben que todo ha sido una falsa alarma se alegran. Yo, no. Prefería haberla sufrido para no sufrirla de nuevo. El mismo que me dijo que entraría en la historia se apresura a enviarme un nuevo mensaje: «Bienvenido al mundo de los vivos». Persigo por la casa a mis tres chicas para abrazarlas. El sol ilumina el último pincel de agosto. Es verano, todavía.
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