Las esperanzas que ha despertado en todo el mundo el enigma Obama son tan grandes que probablemente quedarán defraudadas, al menos en parte. Ni desaparecerán por arte de magia los terroristas islamistas que odian a Occidente, ni Hugo Chávez y los hermanos Castro se convertirán en demócratas, ni Israel hará grandes concesiones a los palestinos, ni Rusia renunciará a su nuevo nacionalismo autoritario y agresivo ni China abrazará los derechos humanos, ni dejará de haber guerras, hambre y enfermedades en África. Pero su forma de abordar los problemas contribuirá a mejorar las relaciones internacionales en un mundo que se enfrenta a grandes peligros.
Obama quiere dirigir un importante mensaje al mundo musulmán para mejorar la relación actual y descartar el «choque de civilizaciones» que teorizó Hungtinton. También está dispuesto a colaborar con Moscú y Pekín, a diferencia de McCain, que habló de expulsar a los rusos del G-8 y de penalizar a los chinos. Aquí seguirá una línea realista, que según Zakaria firmaría el mismo Kissinger.
¿Será capaz de impulsar la solución del eterno conflicto israelo-palestino? Sin duda, lo intentará y su llegada a la Casa Blanca supone una nueva posibilidad, aunque difícil de realizar.
También supone una esperanza para América Latina, que ha dado la espalda como nunca antes a EE.?UU. con un espectacular giro a la izquierda. Tiene mucho terreno que recuperar en un continente en el que Washington tiene cada vez menos aliados. Y qué decir de África, que ve cómo el hijo de un keniano se convierte en el hombre más poderoso de la tierra. Es sin duda la gran oportunidad para dejar de ser el gran olvidado del mundo globalizado, cuyas desgracias parecen no interesar ni conmover a casi nadie, como demuestra el drama de Darfur.
Pero que nadie se equivoque. Obama quiere renovar el liderazgo militar, diplomático y moral de EE.?UU. en el mundo, como expresó en Foreign Affairs, gravemente dañado en los años Bush, no abandonarlo. En la última frase de su ensayo reivindica la «América que combate los males inmediatos y promueve el bien último» que defendió el Roosevelt que se enfrentó a Hitler. Sabe que EE.?UU. no puede enfrentarse solo a las graves amenazas actuales y que debe colaborar con otros países. Ese ya es un gran cambio.
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