Tres eran los motores básicos de la economía española, y en buena parte de la economía de muchos otros países: la industria automovilística, la construcción y el turismo. Con ellos España lograba generar nuevas actividades subsidiarias y crear empleo, equilibrar la balanza de pagos, alimentar el consumo y animar la economía. Por unas y otras razones, los tres motores se han parado. En Galicia ha ocurrido lo mismo, aunque el parón de la construcción tuvo menor efecto por ser menos dependientes. El problema es si esos motores siguen apagándose, y debemos preguntarnos acerca de cuáles pueden ser los motores sustitutivos.
Una parte del Gobierno parece que lo tiene claro, y que en función de esa claridad resolvió de un «xeito» determinado las concesiones eólicas. Se basa en crear un grupo lácteo, otro grupo conservero y el grupo de piedras ornamentales, a las que se añade la construcción. Indirectamente, las contrapartidas se dirigen a un desarrollo tecnológico del espacio rural. Pero no se crea que tales grupos se formaron en torno a las empresas gallegas más competitivas y que han demostrado capacidad exportadora en los sectores lácteo y conservero; no: dichos grupos están organizados por las empresas que hasta ahora resultaron ser menos competitivas. La adjudicación a una constructora no merecería comentario a no ser por lo que lleva detrás. El mismo empresario había sido el promotor de la fallida, por mal gestionada, operación de rescate de Unión Fenosa. Era, indudablemente, una alianza que venía de lejos, como también otras alianzas empresariales sobre las cuales el nacionalismo gallego quiere construir esa red que ha sustentado históricamente los otros nacionalismos. Lo que pasa es que la receta es tan histórica como inadecuada al presente, porque ya no funciona ni donde se gestó en el siglo XIX. Y esa parece que pudiera ser la apuesta por la política industrial gallega.
Del otro motor, el turismo, basta con analizar la evolución de los datos anuales y compararlos con el resto de las comunidades para darnos cuenta de que la política trazada tampoco ha sido tan efectiva como se esperaba. Caemos en vuelo libre. Y el tercer motor, la automoción, vuela hacia otros mercados. Parece que toda la estrategia industrial gallega se la lleva el viento. Y sin viento los motores no podrán funcionar. De seguir así, a Galicia le puede convenir el título en gallego de la más famosa película de todos los tiempos: Foise co vento . Menos mal que, a pesar de todo, quedan grandes empresarios que nos ayudarán a resistir.
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