El presidente electo dista mucho de ser un idealista ingenuo en política exterior, es más bien un realista optimista que tendrá que enfrentarse al pesado legado de Bush
«Llámenle un realista optimista o un optimista realista, pero no le llamen ingenuo». Esta definición de Barack Obama en política exterior escrita por Fareed Zakaria, director de la edición internacional de Newsweek y uno de los analistas estadounidenses más prestigiosos, es un buen punto de partida para saber cómo llevará a la práctica su declarado deseo de cambiar el mundo.
El autor de El mundo post-americano asegura que su visión internacional dista mucho de ser la de un típico liberal y está mucho más próxima a la de un realista tradicional. Obama alaba el modelo de Truman, pero también tiene una enorme simpatía por la política exterior de Bush padre, que logró formar una amplia coalición internacional respaldada por la ONU para sacar a Sadam Huseín de Kuwait.
Raramente habla en los tonos morales de la Administración Bush, dividiendo el mundo entre el bien y el mal, no utiliza nunca el lenguaje de la agenda de la libertad del todavía presidente y antepone la satisfacción de las necesidades básicas (la comida, la vivienda, el trabajo) a la democratización de los países. Admira a personajes como George Kennan -autor de la doctrina de la contención de la URSS durante la guerra fría-; Dean Acheson -secretario de Estado entre 1943 y 1953-, o Reinhold Niebuhr -uno de los principales teóricos del realismo político norteamericano-, todos ellos conscientes de los límites del idealismo y del poder americano para transformar el mundo.
«En su visión de la historia, en su respeto por la tradición, en su escepticismo de que el mundo se puede cambiar pero muy, muy lentamente, Obama es profundamente conservador», escribió Larissa MacFarquhar en el perfil que le hizo en The New Yorker. Puede ser discutible, pero lo cierto es que su idea es transformar el mundo pero de forma medida, poco a poco, con medidas concretas, sin mesianismos ni aventuras descabelladas.
Dos guerras sin victoria
Pero este Obama «realista optimista», inexperto, pero alejado del idealista ingenuo que han pintado sus adversarios republicanos, se enfrenta al pesado legado de Bush. Dos guerras en las que no se vislumbra la victoria (Irak, Afganistán), dos crisis latentes de consecuencias imprevisibles (Irán, Pakistán) y una crisis financiera internacional sin precedentes desde 1929, generada en Estados Unidos.
Su gran reto será recuperar el prestigio internacional perdido. Empezará con un gesto de gran alcance simbólico: cerrar la prisión de Guantánamo, como ha anunciado durante la campaña. Esto le planteará problemas difíciles de resolver: ¿a quién liberar, a quién mantener preso?, ¿qué hacer con las declaraciones logradas mediante tortura?, ¿sobre qué base juzgar a los presos equitativamente? Pero el cerrojazo en sí será un mensaje claro de cambio al mundo.
Otro será su apuesta por un mayor multilateralismo para resolver los graves problemas mundiales. Después de un etapa de unilateralismo neocon, Obama se dispone a abrir una etapa de cooperación y diálogo.
Pero, ¿cómo abordará las dos guerras abiertas? «Desde hace mucho tiempo he abogado por un cambio de orientación de Irak a Afganistán», ha asegurado Obama. Su plan es retirar el grueso de las tropas de Irak en 16 meses, para dejar solo fuerzas encargadas de la lucha antiterrorista, y aumentar los militares en Afganistán. El nuevo presidente considera el eje afgano-paquistaní el corazón de todos los peligros y está dispuesto a seguir a los terroristas de Al Qaida hasta sus santuarios en Pakistán, lo que puede activar la bomba de relojería que es este aliado cada vez más inestable que posee la bomba atómica.
Obama está dispuesto a negociar con el régimen iraní, pues está convencido de que tan solo una oferta política, consistente en asegurarle su integración en el concierto de las naciones y en abandonar cualquier veleidad de deponerlo por la fuerza, le hará renunciar al arma nuclear.
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